1º Concurso Microrelatos basado en Andrea y los Masticadores


El secreto de Andrea
(por Nuria Richer Gusano)

 

Una semana después de terminar su aventura, Andrea y sus amigos recibieron la recompensa: montar en dirigible.
Las vistas eran espectaculares y fue una experiencia inolvidable, pero una enorme roca violeta les llamó la atención y, aprovechando la hora del descanso, se dirigieron hacia allí.
No tardaron en encontrar una abertura en ella, por la que cabían perfectamente. Al traspasarla, la linterna de Víctor iluminó el lugar. Era muy similar a los viejos túneles de los «apestosos».
De repente, Andrea tropezó y se cayó, clavándose un cristal. En un instante, se quedó dormida.

Abrió los ojos lentamente y encontró las miradas de sus amigos fijas en ella.

—¿Qué ha pasado? —preguntó en un débil susurro. Sentía un fuerte dolor en el brazo, que se había convertido en una alargada piedra violeta, y tenía incrustado un pequeño cristal.
—Pues tropezaste y te quedaste dormida. Fue muy raro.
—Te clavaste un cristal, pero no sangrabas.
— Pareces un masticador, con ese brazo de piedra… —bromeó Samuel.
Beatriz lo fulminó con la mirada. No era momento para bromas.
Andrea se puso en pie y el dolor desapareció un poco, dando lugar a oleadas de preguntas y curiosidades.
—Tranquilos, chicos, estoy bien. Vamos a explorar un poco.
—¿Y tu brazo?
—Ya buscaremos una solución —dijo Andrea, resuelta.
Anduvieron unos metros cuando Beatriz soltó un grito.
—¡Esta puerta se mueve!

Pasaron a través de ella. Se encontraron un espacio semicircular, oscuro y lleno de humedad. La puerta se cerró con un golpe seco. No había salida. Un silencio envolvente, lleno de terror, curiosidad y ansiedad, inundó la sala.

De repente se oyó un leve eructo.

—Perdón, he sido yo, estoy nervioso —dijo Julián, sonrojándose.

Pero al instante se escuchó otro, y esta vez no había sido Julián.

Un bebé masticador estaba en un rincón de la sala y se acercó lentamente a… Andrea.
Esta se agachó y lo acogió suavemente en sus manos.
Entonces… el animal le regaló un pequeño eructo.

Aquel extraño momento duró poco, ya que la estancia empezó a temblar. Un enorme masticador entró agrietando la sala.

Les lanzó una feroz mirada y, acercándose a ellos desafiante, se detuvo, como el bebé masticador, en Andrea. Un hilo invisible parecía unirla a ellos. El masticador mayor se acercó a su brazo y lo tocó, acariciándolo con su cabeza. Andrea se volvió invisible, pero en un segundo regresó a su forma original, ante las miradas horrorizadas de sus amigos.

Una fuerza les hizo agacharse y la cuadrilla empezó a cantar instintivamente, menos Andrea, que sostenía el cristal como si su vida dependiera de ello. En él se reflejaba el secreto de los masticadores, y se iba convirtiendo poco a poco en uno.

Aunque lo que ella no sabía… Era que lo había sido siempre.